
El rescate del oso perezoso
Algunos de ustedes ya han visto la publicación en facebook o instagram de mi rescate del oso perezoso de la calle.
Hoy me gustaría contarles cómo pasó todo.
Era mediodía de un jueves normal en la oficina y después del almuerzo una compañera había sugerido comprar helado. Nuestra oficina se encuentra en una zona franca, un poco fuera de la ciudad, rodeada de naturaleza y bosques, y está situada en la parte más remota de la zona franca, detrás de un pequeño aeropuerto interno. Así que fuimos en un auto a la heladería, aquí en la zona. Paralelo al aeropuerto en la carretera, de repente vimos que un auto se había parado en el carril izquierdo y notamos que algo yacía en la calle frente al mismo. Asumí que el auto había atropellado un animal y, por lo tanto, se detuvo. Cuando nos acercamos, vi que era un oso perezoso vivo, que intentaba cruzar de un lado de la carretera al otro.
Sin vacilar, me bajé del auto y agarré el oso perezoso desde atrás debajo de sus brazos para llevarlo al otro lado. Me sorprendió que su pelo no era duro o áspero, sino muy suave y tampoco era pesado. Todavía era un animal joven.
Cruzando la calle, el oso perezoso se volteó en mis manos y me miró con una expresión somnolienta y estaba masticando algo. Por supuesto, de inmediato trató de agarrarse a mí. Como seguramente saben, los osos perezosos tienen garras muy largas y muy afiladas, y él intentó varias veces aferrarse a mis brazos y mi cuello. Después de un tiempo ya no logré «esquivarlo», me di por vencida y le permití que se arrime a mí. Llegando al otro lado, no había forma de colgarlo directamente en un árbol, ya que todo el lado está cercado. Así que busqué un lugar donde la cerca estaba lo más cerca de un árbol y lo colgué allí.
Como pueden ver en las fotos, el lugar está enlodado. Así que se pueden imaginarse la imagen que brindaba, estaba dando zancadas en el lodo, en ropa de oficina y tacones.
Con su brazo izquierdo y sus dos pies el oso perezoso entonces se aferró a la cerca, pero su brazo derecho no quería soltarme. Cuando finalmente logré soltar su brazo derecho de mí, el oso perezoso siempre trató de volver a mí, como si no quisiera dejarme ir.
¡Tan cursi!
Así que me alejé unos metros para que ya no estuviera distraído por mí y observé cómo el oso perezoso lentamente, pero seguramente trepaba por la cerca al árbol.
¡Un final feliz!
¡Qué experiencia! Si pienso en ello hoy, me emociona y me llena de una enorme alegría. Es interesante cómo un acto tan pequeño puede endulzarte el día…
Noviembre, 2017